Sentado en su vieja silla de anea, a la sombra de aquella parra plantada por necesidad años atrás en el patio de su casa, miraba los colores que le rodeaban. Era el tiempo del color. Atrás quedaron los tonos grises, los blancos y negros. Ahora predominaba el color.
Pero miraba a su alrededor y sentía cierta pena. El color traerá libertad, traerá prosperidad, les prometieron. Y en cierto modo así había sido. Pero solo en cierto modo.
Su piel arrugada, su mirada lejana en el tiempo, su pelo blanco y escaso, añoraban la tranquilidad del blanco y negro. La sencillez con la que se podía vivir. Observaba durante los largos días de su jubilación a su hijo y a sus dos hijas. A sus nietos también. ¿Tendrían al final de todo, esa prosperidad y esa libertad que el color les había prometido? Sonreía cuando alguno de sus nietos salía al patio con aquellos pequeños artilugios entre sus manos con los que jugaban. Una pequeña pantalla que encerraba partidos de futbol… batallas medievales… aventuras espaciales…
Con el blanco y negro se jugaba al futbol en la calle con los amigos. Se tiraban piedras los unos a los otros en épicas batallas inventadas. Añoraba esos tiempos del blanco y negro.
Cierto era que entonces solo se daban pasos cortos en la vida. Dos, tres pasos. Pero eran pasos sólidos. Con la diversidad del color todo era mucho más rápido, más efímero. Atrás habían quedado los dos o tres pasos. Ahora eran carreras de mil pasos.
¿Sólidas esas carreras en la vida? Eran carreras en el aire, como aquellos castillos. Debajo de los pies no había nada. Solo las tierras movedizas de los colores.
© Todos los derechos reservados. Ángel Beltrán
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