PERDIDO

Publicado el 20 de febrero de 2026, 18:23

El frío y ancho espacio exterior se abría ante mis ojos sin compasión alguna. Era como si supiese que me tenía a su merced. Las estrellas cantaban su nana sin descanso, y aquel sonido se me clavaba en el cerebro como mil agujas, sin poder evitarlo. Me recordaban, con su canto, una y otra vez que estaba solo, perdido en lo más oscuro y solitario del espacio. Lejos de cualquier planeta conocido y habitado. 

No sabría decir cuánto tiempo llevaba solo en la nave. Asustado. Me encaminaba hacia una muerte segura, lenta y agonizante. Los motores del carguero en el que viajaba funcionaban a medio rendimiento y solo sería cuestión de tiempo que empezaran a fallar. Los sistemas de comunicación no funcionaban. Alguien, antes de abandonar la nave, se había encargado de destruirlos. Posiblemente fueron los mismos que se encargaban de pilotarla.  

No había conocido a ninguno de los pilotos, pero sí los había visto por la nave. Cuando mi puesto era el de un simple peón de la limpieza y recorría los pasillos del carguero encargado de que todo estuviera más o menos limpio.  

Ahora, esos mismos pasillos se habían convertido en un laberinto mortal. Un laberinto en el que sucumbiría buscando una salida imposible.  Cada día, o lo que yo creía que era un día, pues allí solo, las horas empezaban a perder su significado y sentido, recorría aquellos pasillos, algunos iluminados, otros casi a oscuras. A veces me costaba incluso encontrar el camino de vuelta al que había sido mi cuarto cuando la nave tenía casi cien personas a bordo y funcionaba a pleno rendimiento.  

Y cuando eso sucedía, cuando me encontraba perdido entre los pasillos y rincones de aquel infernal carguero, me quedaba dormido en cualquier sitio mínimamente cómodo que encontraba. Por ese motivo, siempre llevaba una pequeña mochila a la espalda cargada con algunos víveres. Quién sabe dónde podría acabar en una de mis excursiones a la nada.  

¿Tendría que quedarme siempre en la misma zona del carguero? La muerte, fuese por hambre, por algún accidente estúpido que me sucediese, o simplemente porque el carguero explotase, me encontraría de todas formas allí, esperando. 

Porque eso era lo único que podía hacer: esperar.  

Esperar y seguir oyendo cómo las estrellas cantaban su nana solo para mí. Una última canción antes de que la muerte me encontrase perdido y solo.  

 

© Ángel Beltrán. Todos los derechos reservados.

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