IRRACIONAL

Publicado el 16 de marzo de 2026, 12:33

 Supongo que cuando estamos predispuestos a enamorarnos no hay nada que nos aparte de nuestro camino, ¿verdad? Eso es lo que tiene el amor, enamorarse, que es la parte más irracional de nuestro ser. Esa parte que nos impide ver si está bien o mal. Si es la persona correcta o no. Eso nos da igual. Nos adentramos por un camino lleno de fango. Vemos ese fango desde lejos y aun así avanzamos intentándonos convencer de que nuestros ojos nos falsean la realidad. Esos mismos ojos que solo ven a esa persona. Que persiguen y buscan ansiosamente a esa persona, mientras nuestro ser se hunde en el maldito fango de una relación que no debería ser.

Si no somos racionales frente a un escaparate en el que se encuentra ese disco, ese libro o esa camisa que tanto nos gusta y que al final nos compramos prometiéndonos que haremos un esfuerzo extra para llegar a fin de mes, ¿Cómo lo vamos a ser cuando tenemos frente a nosotros unos ojos… una sonrisa… unos labios… que nos llaman a gritos?

Claro que deberíamos ser lo suficientemente racionales y de mente fría como para decir que esa relación no nos conviene. Que no está bien. Que está casada, que tiene hijos, que tiene un marido… pero que ¡demonios! a veces necesitamos esa irracionalidad. Ese momento que nos saca de nuestra zona de confort sentimental para poner nuestra vida patas arriba. Aunque luego suframos. Porque sabemos que vamos a sufrir. Somos así de estúpidos. Pero buscamos ese cuerpo, esos labios en una noche furtiva en la que la irracionalidad se transforma en deseo, pasión y sexo.

 Prohibido decir las palabras «te quiero». Y aun así siempre hay un momento en el que brotan desde lo más profundo de nuestra estupidez. Esas palabras parecen hacer juego con las sábanas empapadas en sudor y sexo.

Los encuentros se suceden uno tras otro, cada diez días, cada quince días. La irracionalidad funciona como un intermitente; se enciende y se apaga. Se apaga a la luz del día mientras se soporta el tráfico de camino al trabajo. Uno se dice que aquella relación no tiene sentido, no tiene futuro. Ella nunca dejará a su marido. Y él lo sabe. El intermitente se enciende cuando, al atardecer, la tiene de nuevo en su cama, desnuda, a su merced. Pero él también está a merced de ella. Los encuentros son solo cuando ella quiere. Cuando ella dice que «puede». No cuando él la llama. El intermitente se enciende y se apaga.

Y el fango continúa haciendo su labor, la función para la que fue creado. Cubriéndolo todo y tragándose todo lo que se atreve a cruzar por sus dominios. Y en algún momento ese mismo fango queda atrás. De repente. Sin esperarlo. Tiene que ser como quitar una tirita de la piel. De tirón. Si se hace despacio duele más. Y el tirón es un último café después de disfrutar de su cuerpo. Ya no se verán más. Es demasiado peligroso, no quiere arriesgarse. No quiere hacer daño a sus hijos. Quiere a su marido. Y él se queda sentado en aquella terraza, viendo cómo se aleja. Una última mirada hacia atrás de ella. Las tazas de café vacías. Y la cuenta en un platito de plástico marrón.

© 2025 Reservados todos los derechos. Ángel Beltrán

 

 

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