
Era una simple visita al dentista. Sentado en la sala de espera, una simplona canción del momento que brotaba de algún altavoz perdido, hacía que echase más de menos si cabe la buena música de mi juventud.
Justo enfrente de mí la puerta de la consulta, toda de cristal que se abría y cerraba de manera automática cuando alguien quería entrar o salir. A mi derecha y a la misma distancia que la puerta de cristal, se abría un corto pasillo que daba acceso a un pequeño despacho y a la sala principal de la clínica dental.
En silencio maldecía cada nota de aquella simplona canción que parecía querer perforar mis oídos y mi cerebro. Numero uno de la lista internacional había anunciado el locutor, dándoselas de entendido de música. ¿Entendido en música? ¡ja!
Fue entonces cuando aquella anodina visita al dentista cambió de manera inesperada. Había visto cómo una de las empleadas había entrado al pequeño despacho para mirar en el ordenador alguna ficha de un cliente…mirar algún presupuesto…no sé.
Cuando entró empujó la puerta con la mano, no consiguiendo que se cerrase del todo. Miré despreocupadamente, cómo el que mira el semáforo en rojo esperando que cambie a verde, cuando entonces me percaté de algo que me dejó fascinado, que sin poder evitarlo me trasladó a un mundo lejano. Mi cuerpo continuaba allí, apostado en la fea silla de plástico de la sala de espera, pero mi mente, mi imaginación sabe dios donde estaba. Con la puerta del despacho medio cerrada, solo quedaba al alcance de mi mirada, una parte de la mesa, la pantalla del ordenador y un esquinazo del teclado amen de algún que otro papel y un par de bolígrafos desparramados junto a la pantalla. Pero lo interesante estaba justo debajo; no sé por qué bajé la mirada, descubriendo entonces el pie izquierdo de la empleada, colgando a unos centímetros del suelo, seguramente porque habría cruzado las piernas al sentarse frente al ordenador. Su pantalón blanco, uniforme de la empresa, le llegaba poco más arriba del tobillo y la zapatilla colgaba distraídamente amenazando con caerse al suelo. Poco más abajo del fino tobillo de la empleada, mi mirada se clavó en el talón: liso, brillante, con una forma exquisitamente perfecta. Fue cuando la zapatilla cayó mansa al suelo. “Clack” llegó hasta mis oídos. Pero la dueña de aquel pie no tuvo que darse cuenta, o simplemente no le dio demasiada importancia. Su pie quedó desnudo, a la vista y alcance de mi mente y de mi imaginación. Vi sus cuidadas uñas pintadas de rojo brillante. Vi aquellos tobillos girarse como si bailaran alguna canción que yo no llegaba a escuchar. Imaginé aquellos pequeños y delicados dedos rozando la madera de la mesa del despacho. Posiblemente disfrutando de un frescor momentáneo, como yo disfrutaba de aquellos finos tobillos jugando con mi mente. Aquellos dedos sabían mi nombre, me llamaban, me gritaban.
Aquél pie se convirtió al instante en todo mi mundo. Norte, sur, este y oeste convergían en mi deseo por conquistar ese mundo que llenaba mis ojos.
Una anodina visita al dentista hizo que descubriera, aunque fuese de manera accidental el baile de su pie izquierdo. Un baile que sin proponérselo, jugó conmigo y me hizo suyo al instante.
© 2026 Reservados todos los derechos. Ángel Beltrán
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